Brisa de Zuata

Brisa de Zuata

Miguel H. Hurtado

 

Al principio se sintió desorientada al despertar como saliendo de un letargo, sin hacer caso de sitio, tiempo, recuerdos ni personas.

Iba reconociendo las sinuosidades de la llanura oriental y se integraba, de una manera  ancestral,  al vuelo de las aves, al movimiento de la hierba, al polvo del camino, a los sonidos y olores de aquel lugar. Notó la complacencia de quienes sintieron su movimiento. Lo rozó. Él sonrió agradecido. Sentía que su cabello se arremolinaba y una sensación de frescura se apoderaba de todo el espacio. Lo ayudó a pasar las páginas de la revista que sostenía en sus manos. Las fotos de México y de Italia le hicieron sentir una inusitada alegría, y danzó.

Ella volvió a la revista, y muy ligeramente, a medida que pasaban las fotos, entendió la magia del trópico, la influencia del Orinoco, las reminiscencias de los Andes y la cercanía de la selva amazónica a ese trozo de llano.

Se imaginó integrada al universo, y creyó percibir que su alegría, al ver Palermo y México, era el compartir con todo lo que de una u otra forma se relacionaba con Zuata. Volvió hacia él, y nuevamente pasaron las páginas de la revista. Entonces, como si conociese los nombres, comprendió que en Caracas, en El Hatillo, en Táchira, en Barquisimeto, en diversas partes del país se encontraba también ese nexo que establecía un elemento común, que todavía no identificaba.

Sintió que estaba conectada con esos sitios aunque fuera de manera indirecta, como si alguna parte de ella pudiese estar allí, como si los conociese. Se imaginó libre, como una suerte de energía ante la cual se cambiaban los  conceptos de distancias y fechas, como si pudiese recorrer los espacios y trascender el tiempo. Sentía que sus pasos podían remontarse a sus inicios y hasta el final de los días como una cadena de transformaciones, pero que resurgía anualmente en la vegetación, en ese olor a tierra fresca y ese hermoso verdor que era  el renacer causado por el final de las inundaciones que poblaban los llanos.

Cuando vio a Santa Rosalía, lugares y sucesos se agolparon en reminiscencias. Llegó hasta ella, moviendo gentilmente su vestimenta.

Una muchacha se acercó a la imagen para que le tomaran una foto. Ella aprovechó y se acomodó al lado. Quería salir en la instantánea.

—Vuélvete a colocar, que la brisa movió todo— dijo el improvisado fotógrafo. Ella se acomodó también, menos impetuosa, y notó como la foto era tomada. Corrió a ver el resultado.

—¡Cuidado con el VIENTO! —Dijo la muchacha.

El fotógrafo, mientras trataba de mantener el sombrero en su cabeza, enseñó la foto  a su compañera.

Ella, sorprendida, no se vio en la foto. Miró hacia su cuerpo,  y lo que había tomado como su vestido, eran las flores que rodeaban a la Santa. Miró hacia sus manos, y sólo pudo ver un pequeño remolino de tierra y hojas secas. Se dirigió hacia él, y vio su cabello ondulando mientras las páginas se movían. Entonces ascendió, observó a la Santa y comprendió. Libre y alegre, como siempre, inundó con su frescura a Zuata y sus alrededores.

La gente del lugar afirma que no conoce el motivo pero siempre, en las proximidades del 4 de septiembre, se siente una brisa particular que acompaña a todos en las festividades de Santa Rosalía de Palermo.

 

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