Los Papagayos

Los Papagayos

—Mira…—dije mientras tomaba tu mano con mi mano derecha y con la izquierda señalaba hacia el cielo.

— ¿Qué? —dijiste mientras tu mano encajaba en la mía como si hubiesen nacido siendo complementarias, perfectamente, la una para la otra.

—Allí…—y ya tu habías notado la enorme mancha que como una nube iba engrandeciéndose sobre nosotros.

— ¿Qué será?

—No sé.

Mientras conversábamos, la mancha se agrandaba velozmente, llenándose de colores verdes, amarillos, marrones, y de transparencias como si contuviese agua.

—Es muy grande—dijiste…

—Mira cómo se expande…

—Si… y mira el colorido…

—Parece como si las montañas estuviesen en el cielo… ¡y es maleable… como una sábana!

— Parece una mantarraya gigante…—y reíste nerviosamente.

Bajé la vista buscando a otras personas, pero no noté a nadie cerca. No había señales de que alguien más estuviese viendo lo mismo que nosotros.

Tu mano, tu presencia, los colores que mostraba el objeto, la curiosidad… no sé cuántos detalles y sentimientos se mezclaron para lograr que nos quedáramos viendo en lugar de correr. Mientras la mancha continuaba alargándose, comenzó a delimitarse muy sutilmente un rasgo de división entre sus partes, como si la mancha fuese un objeto elaborado con escamas.

— ¿Te das cuenta de que tu mantarraya parece poseer escamas?

—No me asustes. No puede ser una cascabel gigante, como en los cuentos.

—Pero a lo mejor está sobre una alfombra voladora… por eso los colores y por eso parece una figura en tercera dimensión—dije mirándote con una risa jocosa.

—Si, claro. Mama gallo. Pero es verdad… parecen escamas… aunque se notan muy leves.

—Pero date cuenta de que los colores a veces son limitados por grupos de escamas… como si algunas escamas fuesen independientes.

—Fíjate… Ese grupo de escamas se parece a la Mesa de Esnujaque…

Mientras sentía un escalofrío, la masa tridimensional cambió, y sus tres dimensiones figuraron no sólo la mesa, alargada en una forma parecida a la bota de Italia, sino que se vieron las montañas que la soportaban, y a lo lejos la pendiente que iba bajando marcando el rumbo de la cordillera andina.

Nos quedamos embelesados al aceptar lo que nuestros ojos percibían, pero sin comprenderlo, sin poder reaccionar de una forma consciente.

La sombra continuó alargándose y subiendo. Esto permitió ver, con mayor asombro, que reflejaba efectivamente la porción de tierra donde estábamos, pero que a medida que abarcaba más espacio, era mayor el alcance de las tierras que reflejaba, al punto de que incluso se veía el camino que bordeaba la carretera y que partía de La Puerta.

Te miré como buscando apoyo y me miraste, y cuando entré en tus ojos en lugar de apoyo sentí que me irradiaba la profundidad de tu ser, como si la figura tridimensional se hubiese trasladado a lo que tu proyectabas en mí.  Por la forma de tu mirada, y por el silencio que se hizo entre nosotros mientras las montañas nos rodeaban por arriba y por abajo, supe que sentías lo mismo. Pero inusitadamente un soplo de brisa nos hizo volver la vista hacia las escamas de la figura, y ambos, sin ponernos de acuerdo, pronunciamos las mismas palabras:

— ¡Son papagayos!

—Es increíble—te dije—miles, millones, no sé cuantos papagayos que forman las montañas, los ríos…

—Claro, pero ¿Quién los vuela?

—No sé. Lo cierto es que parece una labor titánica, construir y volar un grupo de papagayos que formen regiones… No es posible.

—Pero allí están. Presentando la tierra… y sus ríos…

Yo no había pensado en los ríos. Apenas lo dijiste, vislumbré el Motatán y el Momboy. De reojo te ví y supe que los estabas observando también, por tu sonrisa de complicidad y por un movimiento de logro que te llevaba a saltar y apretar mi mano y  celebrar como si hubieses adivinado el comportamiento de los papagayos, o si hubieses podido influir en ellos. Entre agua y tierra, montañas y ríos, los papagayos fueron representando el páramo, y la vía que bajaba desde el pico El Águila hacia Valera, y donde al final se vislumbraba la convergencia hacia el estado Lara. La estructura tridimensional permitía detallar, de manera vertiginosa y atrapante, la caída hacia el Lago de Maracaibo, y su unión con Portuguesa.

La policromía, la riqueza y variedad de la vegetación, el espectáculo, y tu mano, me hicieron perderme en esa belleza que nos brindaba la naturaleza, sólo observando, consciente de que ambos estábamos integrados a la tierra.

Entonces, en un descuido, pero con la complicidad de una creencia, me hablaste del oso frontino, y yo te hablé de otros animales, y apenas comenzamos a nombrarlos,  los papagayos, como una pantalla electrónica, los reflejaron en sus ambientes. Osos, venados y  cachicamos se unían a las guacharacas y pavas de monte, y se confundían con diferentes peces de todo Trujillo con la misma velocidad que cambiaban nuestros pensamientos. Entonces nos dimos cuenta de que los papagayos obedecían a nuestra voluntad.

— ¿Recuerdas algunos personajes? —te dije, intentando probar lo que ambos sabíamos.

En millonésimas de segundos asentiste, me miraste y giramos simultáneamente la cara hacia el cielo. Entonces los papagayos mostraron personajes como José Gregorio Hernández, Adriano González León, Laudelino Mejías y José Antonio Abreu, pero luego fueron uniéndose rostros como los de mi padre, y mi abuelo, y mi bisabuelo, al cual reconocí por viejas fotos y por referencias. Te observé, y vi que estabas absorta en los rostros de aquellas personas que amabas o que habían influido en ti, y que aparecían como antes habían aparecido los paisajes. Entonces comprendí que la historia se hace en conjunto, y que personajes somos todos. Como una respuesta a esta realidad, los papagayos representaron incluso rostros que yo suponía eran desde antes de la llegada de los españoles.

—Si esos son personajes ¿Cómo será la historia?—te dije.

Automáticamente los papagayos cambiaron. Pudimos ver la ciudad cuando era fundada por los españoles, la firma del decreto de Guerra a Muerte, e incluso figuras de habitantes remotos de un sitio que tenía la forma de Trujillo, pero que no podíamos reconocer de manera directa.

— ¿Historia no es todo lo pasado?—dijiste.

Los papagayos volvieron a cambiar. Entre muchas otras cosas, vimos la llegada de la primera imprenta, la llegada de la luz eléctrica, mi nacimiento y  la creación de la carretera de Boconó.

— ¿Y las flores? – dijiste.

Me olvidé de los papagayos viendo tu cara, y sintiendo tu aroma noté que tu cuerpo se convertía en aroma y me llenaba por completo, y me sumergí en lo que mostraban los papagayos y mostraban que tu y yo éramos un solo ser aromático y colorido, navegando entre las gladiolas, rosas y flores silvestres, perdidos en la belleza de los andes venezolanos.

Fue un momento de éxtasis donde lo máximo fue pensar en la totalidad y ver que los papagayos reflejaban la amalgama de todos los elementos mostrados en un conjunto de figura redondeada, con una belleza que se alejaba de la descripción, permitiendo sólo el vivirla. Así, integrado a ti, me deje llevar… Sólo recuerdo como un dulce sueño se fue apoderando de nosotros.

Desperté cuando sentí el aroma del café mañanero. Instintivamente, mi mano intentó buscar la tuya, pero no estabas a mi lado. Busqué en el cielo, y los papagayos tampoco estaban. Sólo se veía el hermoso cielo de Trujillo. Embargado por una sensación de plenitud, corrí hacia mi casa. Al entrar miré hacia la mesa sobre la cual se encontraban mis apuntes, y recordé que  la clase anterior se centró en Trujillo.

Con una sensación de felicidad que me embargaba y que yo sentía que se movía conmigo, que giraba si yo lo hacía, que se suspendía en el aire en la medida en la que yo me detenía, me apresuré en ir a buscarte.

Llegué a tu casa. Te vi tan radiante como siempre, con tus hermosos rasgos andinos. Cuando corrí a abrazarte, noté sobre tu pecho el prendedor en forma de papagayo que te adornaba.

Miguel Humberto Hurtado
Octubre 2011
(Antología Sueños al borde de la montaña, taller de escritura Vinccler, Publicarte Editorial, Caracas, Venezuela, 2012. Pg. 74-79 )

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2 respuestas a Los Papagayos

  1. Virginia dijo:

    Simplemente hermoso ¡¡¡

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