La última pesadilla

             Como cada mañana, me levanté temprano para acompañar a mi mamá a despedir a mi padre. En el patio frente a la cocina tomé la taza del café y subí la vista, la pasé por el tanque de agua y la llevé hasta el cielo. Hoy podré volar papagayos. A veces el cielo se veía nublado, y me preparaba para hacer barcos de papel. Mi papá ya estaba listo para salir, y subí con él las escaleras para llegar a la puerta de la platabanda. Esperé a que se montara en el autobús, y baje a dormir un poco más. Al despertarme subí a la azotea y comencé a preparar el papagayo. Estuve tentado de salir a la calle, porque la pared era bajita y yo podía salir y cruzar hasta el terreno de enfrente, y volar desde allí el papagayo, pero no había nadie con quien jugar y me quedé en la platabanda. Allí estuve  casi todo el día, inventándome juegos y adivinando cosas en la distancia.

Cuando mi padre regresaba, yo esperaba a que él se desocupase para disfrutar de sus historias y cuentos de terror, que a mí me gustaban. Él los suavizaba con chistes y juegos para que yo me que riera. Esa noche, mientas el conversaba con mi madre, yo aproveché de leer mis suplementos del enmascarado que allá en la ciudad de MÉXICO luchaba contra zombis y distintas criaturas.

Al fin me acosté, y comencé a soñar. Estaba en un cementerio y era de noche. La tapa de la tumba frente a mí se levantó lentamente, mientras se oía el ruido que hacía al levantarse…

…taca taca taca taca taca…

Abrí los ojos, como si al hacerlo pudiera abarcar mayor distancia y distinguir en la oscuridad aquello que realmente no quería ver.  Me con los ojos fijos en la tumba, pero el ruido venía de todos lados:

…taca taca taca taca taca…

Unas manos horribles, llenas de suciedad y desfiguradas surgían de la tumba recién abierta. Posteriormente todo el cuerpo, formado por huesos y trozos de carne, ropa y sucio, comenzaba a salir y a acercarse.

…taca taca taca taca taca…

Vi en distintas direcciones, y lo único que notaba eran las tumbas abriéndose y los cadáveres, levantando las lápidas y caminando hacia mí.

Me desperté asustado. Percibí la oscuridad de mi cuarto, y lo reconocí. Allí estaba mi cama, mi cuerpo, y no había cadáveres. Me dije que menos mal que todo aquello no era más que un sueño, pero entonces lo oí. Allí estaba el ruido:

taca taca taca taca taca

El sonido de mi corazón se confundía con aquel taca-taca-taca-taca-taca que no se apartaba de mí, y, sin pensarlo, corrí a la cama de mi mamá y me lancé en ella. Sentí el abrazo de mi madre. Aunque el ruido seguía, supongo que el cansancio, unido a la seguridad de los brazos de mi madre, fue lo que me permitió quedarme dormido.

En la mañana, al repetirse la rutina de la despedida de mi padre, me agarré a las ropas de mi madre, mientras mi cabeza giraba de un lado a otro, observando todos los rincones y sombras.

—¿Qué te pasa, hijo? — Me dijo.

—Nada— respondí tratando de que no se me notara el susto.

Siguió caminando, y así llegamos al patio de la cocina. Apenas lo vi, me detuve en seco. Casi rompo el vestido de mi mamá. El patio estaba totalmente mojado. Mi mano soltó el vestido de mi madre, mientras yo, parado, rápidamente miré las escaleras, más para asegurarme que para cualquier otra cosa. Era cierto. Las escaleras estaban secas. Como sospeché, eso significaba que el piso estaba mojado no por la lluvia. Me puse rojito y no quería que mi mamá ni mi papá me viesen, porque creía que ellos se podían dar cuenta de que yo actuaba como un tonto, asustándome tontamente, teniendo pesadillas tontamente.

Como si mi madre adivinase mis pensamientos, noté que volteó a ver lo que me había detenido. Pensé que ella se daba cuenta de todos los caminos que tomaban mis pensamientos.

—Anoche trajeron el agua — dijo, de lo más natural.

Primero sentí pena, luego rabia y por último risa. Todavía hoy me imagino a los hombres del camión de agua entrar por la azotea, bajar la manguera a pulso hasta el tanque, y llenarlo, todo esto acompañado del ruido del motor del camión de agua:

…taca taca taca taca taca…

Miguel Humberto Hurtado

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Se publica digitalmente Amalgama de palabras

Portada de Amalgama de Palabras

El Fondo Editorial Simón Rodríguez ha publicado la antología Amalgama de Palabras.
En mi página de Facebook (https://www.facebook.com/miguelhur) estaré compartiendo algunos de los trabajos del libro digital Amalgama de palabras. Desde la página del fondo editorial, al pulsar sobre el enlace con el botón izquierdo del ratón, pueden bajarlo a su computador (ya les doy el enlace). El archivo es pesado, ya que contiene como multimedia las grabaciones de los autores en sus propias voces. Cuando las escuchen, recuerden luego desactivarlas (las instrucciones están en el mismo libro).

Se les agradece que, si lo desean hacer llegar a sus amigos y “fans”, no les envíen el archivo sino el enlace que les colocaré y que va directo al Fondo Editorial. Esto es para que el Fondo pueda llevar las estadísticas de uso y para la promoción como contrapartida por la publicación digital.
La presentación en Los Teques, en la biblioteca, la haríamos el sábado 7 de octubre, en horas de la mañana.
¡Gracias!
Miguel Humberto Hurtado
El enlace: http://201.249.94.74/fondo_intranet/

 

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Brisa de Zuata

Brisa de Zuata

Miguel H. Hurtado

 

Al principio se sintió desorientada al despertar como saliendo de un letargo, sin hacer caso de sitio, tiempo, recuerdos ni personas.

Iba reconociendo las sinuosidades de la llanura oriental y se integraba, de una manera  ancestral,  al vuelo de las aves, al movimiento de la hierba, al polvo del camino, a los sonidos y olores de aquel lugar. Notó la complacencia de quienes sintieron su movimiento. Lo rozó. Él sonrió agradecido. Sentía que su cabello se arremolinaba y una sensación de frescura se apoderaba de todo el espacio. Lo ayudó a pasar las páginas de la revista que sostenía en sus manos. Las fotos de México y de Italia le hicieron sentir una inusitada alegría, y danzó.

Ella volvió a la revista, y muy ligeramente, a medida que pasaban las fotos, entendió la magia del trópico, la influencia del Orinoco, las reminiscencias de los Andes y la cercanía de la selva amazónica a ese trozo de llano.

Se imaginó integrada al universo, y creyó percibir que su alegría, al ver Palermo y México, era el compartir con todo lo que de una u otra forma se relacionaba con Zuata. Volvió hacia él, y nuevamente pasaron las páginas de la revista. Entonces, como si conociese los nombres, comprendió que en Caracas, en El Hatillo, en Táchira, en Barquisimeto, en diversas partes del país se encontraba también ese nexo que establecía un elemento común, que todavía no identificaba.

Sintió que estaba conectada con esos sitios aunque fuera de manera indirecta, como si alguna parte de ella pudiese estar allí, como si los conociese. Se imaginó libre, como una suerte de energía ante la cual se cambiaban los  conceptos de distancias y fechas, como si pudiese recorrer los espacios y trascender el tiempo. Sentía que sus pasos podían remontarse a sus inicios y hasta el final de los días como una cadena de transformaciones, pero que resurgía anualmente en la vegetación, en ese olor a tierra fresca y ese hermoso verdor que era  el renacer causado por el final de las inundaciones que poblaban los llanos.

Cuando vio a Santa Rosalía, lugares y sucesos se agolparon en reminiscencias. Llegó hasta ella, moviendo gentilmente su vestimenta.

Una muchacha se acercó a la imagen para que le tomaran una foto. Ella aprovechó y se acomodó al lado. Quería salir en la instantánea.

—Vuélvete a colocar, que la brisa movió todo— dijo el improvisado fotógrafo. Ella se acomodó también, menos impetuosa, y notó como la foto era tomada. Corrió a ver el resultado.

—¡Cuidado con el VIENTO! —Dijo la muchacha.

El fotógrafo, mientras trataba de mantener el sombrero en su cabeza, enseñó la foto  a su compañera.

Ella, sorprendida, no se vio en la foto. Miró hacia su cuerpo,  y lo que había tomado como su vestido, eran las flores que rodeaban a la Santa. Miró hacia sus manos, y sólo pudo ver un pequeño remolino de tierra y hojas secas. Se dirigió hacia él, y vio su cabello ondulando mientras las páginas se movían. Entonces ascendió, observó a la Santa y comprendió. Libre y alegre, como siempre, inundó con su frescura a Zuata y sus alrededores.

La gente del lugar afirma que no conoce el motivo pero siempre, en las proximidades del 4 de septiembre, se siente una brisa particular que acompaña a todos en las festividades de Santa Rosalía de Palermo.

 

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Conciertos

Los músicos tocaban en el Titanic. Los músicos tocan en Venezuela.
 
Venezuela, 25/05/2017
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Ser Madre

Ser madre…

Ese camino que a veces se toma,
a veces te llega,
y que, aún de acompañante,
siempre se anda.

Ese camino lleno de esfuerzos
de dolores y luchas
pero preñado de alegrías,
de enseñanzas.

Ese camino
que nunca termina
que se bifurca
que se comparte…

Ese camino
que hará que perdures
en costumbres
en memorias
en andanzas

Ese camino que hará tu sonrisa
cuando la vida te pruebe
y con acciones, respondas:

Guerrera,
Mujer,
Madre.
Ser madre

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Armado

Estaba armado: Dijo “La verdad os hará libres”. Y comenzó a decir verdades.
Venezuela, abril 2017.

 

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El venezolano veía a los ojos

Ayer el venezolano veía a los ojos en la calle. Hoy ve a las manos.
Venezuela, marzo 2017. – (Cuentos profundos)

 

 

 

 

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